Escudo del Valencia CF antiguo y agrietado, tallado en piedra y medio destruido, con el murciélago superior dañado y el fondo oscuro lleno de escombros, simbolizando la decadencia y ruina del club.

Carta abierta al puto Valencia CF

Escudo del Valencia CF antiguo y agrietado, tallado en piedra y medio destruido, con el murciélago superior dañado y el fondo oscuro lleno de escombros, simbolizando la decadencia y ruina del club.

Queridos señoritos que visten —porque eso de “defender” ya es mucho decir— la camiseta del Valencia CF:

Os escribo sin cariño alguno, con la rabia podrida de quien lleva años tragando decepciones, viendo cómo destrozáis el escudo y pisoteáis lo que miles sentimos cada domingo. No porque me haya vuelto loco o porque me guste sufrir viéndoos, sino porque habéis conseguido algo que parecía imposible: hacer que uno eche de menos los tiempos en los que perder dolía… porque al menos entonces había cojones sobre el césped.


Antes, los jugadores sudaban. Ahora posan.

Permitidme recordaros lo que era el Valencia de verdad.

El de Cañizares, que se dejaba la cara —literalmente— por parar un balón.

El de Ayala, que te partía el alma y luego te daba la mano.

El de Baraja y Albelda, que convertían cada partido en una guerra santa.

El de Vicente y Aimar, que jugaban al fútbol como los ángeles pero mordían como demonios.

El de Marchena, que si hacía falta te metía el dedo en el ojo por el escudo.

Y ahora os miro a vosotros… y me entra la risa.

Bueno, la risa primero y la vergüenza después.

No digo nombres por si os sentís señalados (pobrecitos) pero sois la generación del peinado perfecto, del selfie en el vestuario y del “buen partido, bro” después de perder contra un Oviedo que no había ganado a nadie.

Habéis logrado que el Girona, que hasta ahora tampoco había ganado a nadie, parezca el Manchester City.

Tenéis las piernas para correr, los sueldos para motivaros y el estadio para inspiraros, pero salís al campo como si os diera pereza el esfuerzo.

¿Y sabéis qué es lo peor? Que ya ni fingís. Ni disimuláis la desgana.


Mestalla no se llena de tontos

Mestalla no es un parque de atracciones ni una pasarela de TikTok.

Es un templo que ha visto ganar Ligas, jugar finales europeas, levantar copas, pelear contra gigantes y, sobre todo, sentir orgullo.

Y vosotros lo estáis convirtiendo en un funeral con megafonía.

Salís andando, pasáis el balón atrás, bajáis la cabeza al primer gol y al terminar os dais abrazos con el rival como si les debiérais algo.

¿Dónde está la rabia? ¿Dónde están los huevos?

Cuando uno de vosotros pierde el balón, os quedáis mirando, esperando que venga mamá a recogerlo.

Antes, eso era motivo de bronca, de empujón, de grito, de pelea.

Ahora, parece que es un gesto de cortesía.


Y de la directiva, mejor ni hablar

Lo de Peter Lim y su troupe ya roza lo criminal.

El club es un cortijo financiero gestionado por contables sin alma.

Ni sienten, ni entienden, ni respetan lo que significa el Valencia CF.

Nos vendieron el sueño de un proyecto sólido, y lo que tenemos es un equipo de saldo y una deuda que da miedo mirarla sin un whisky en la mano.

Lim juega al Monopoly en Singapur con nuestro escudo, y aquí sus marionetas sonríen, aplauden y callan.

El Mestalla nuevo sigue siendo una ruina sin terminar, la cantera se exprime para vender, y los veteranos que aún sienten el club son tratados como estorbos.

Pero, ojo, la culpa no es solo suya.

Porque cada vez que uno de vosotros se arrastra por el campo sin alma, le dais la razón.

Le decís a Lim, sin palabras, que da igual. Que con cuatro medianías sin carácter basta para seguir llenando el estadio y vendiendo camisetas.


La camiseta pesa. Y ahora mismo, os queda grande.

Ser jugador del Valencia no es una foto en Instagram.

Es dejarse la piel en el minuto 90 aunque vayas perdiendo.

Es morder, gritar, pelear, sudar, sangrar si hace falta.

Y si no estáis dispuestos a eso, iros a hacer reels, pero no siendo jugadores del Valencia CF.

El escudo no es vuestro para lucirlo: es vuestro para honrarlo.

Porque lo que estáis haciendo con él no es jugar al fútbol: es profanarlo.


Resumen de un valencianista cansado

Yo crecí viendo a un Valencia que metía miedo.

Que jugaba finales europeas.

Que tumbaba al Madrid y al Barça sin complejos.

Que tenía jugadores con cara de mala leche y alma de campeón.

Ahora, veo a un equipo sin rumbo, sin carácter, sin orgullo.

Y lo peor: sin vergüenza.

No me habléis de reconstrucción, ni de proyectos a largo plazo, ni de la juventud del vestuario.

Porque los cojones no tienen edad.

Así que, o espabiláis de una vez, o que alguien apague la luz de Mestalla y ponga un cartel que diga:

“Aquí yacen los restos del Valencia CF. Murió de indiferencia.”

Firmado,

Un valencianista harto de ver a su equipo arrastrarse.

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